Ir... ahora? estoy demasiado cansada, lo siento, no puedo.
Antes lo hubiera hecho… antes, sí, cuando éramos jóvenes y felices, y no nos importaba serlo. Pero ahora… ahora todo es diferente.
Un buen día te levantas y te das cuenta de lo que has perdido, de lo que eras, y de lo que eres. Te pones a mirar hacia tras, ¿qué fue lo que pasó? No lo entiendo muy bien, de pronto algo se rompe y ni siquiera lo habías tocado, será cosa de fantasmas… Pero es tan aburrido ser feliz, tenerlo todo... Poco a poco fuimos mirándonos en el espejo y creando nuevas vidas, nuevas figuras, pero esas tampoco servían, nos aburrían y comenzamos a crear fantasmas.
Los fantasmas son más entretenidos, nos hacen estar alerta, atentos a todo, despiertos! Nos sacan del letargo a empujones y cierran con llave la sala de almohadas donde habíamos dormido los últimos años. Vamos poniéndoles cara, voz, gestos e intención. Devolvemos en la vida lo que el espejo nos muestra; y damos a las realidades las respuestas a las preguntas que nos hicieron las fantasías. Hasta que poco a poco esas mismas realidades, se convierten en el divertimento hostil que nuestro reflejo creó una tarde de desidia. O visto de otro modo mucho más sencillo: nosotros mismos las convertimos en nuestros peores fantasmas, día a día y gesto a gesto.
Vamos cerrando la mente en torno a lo que queremos ver, oír y creer; y es entonces cuando dejamos de mirar, de escuchar y de confiar. Nos comportamos en consecuencia y finalmente conseguimos lo que queríamos: tener razón. Tener fantasmas de carne y hueso que se callan a nuestro paso, que hablan a tus espaldas, que saben más que lo que esperas, que callan más que lo que dicen, que hablan con los ojos cuando mienten con la boca.
Y tú no miras, no quieres verlos, sus ojos te gritan, te delatan y tú no los escuchas, te ahogan. ¿O te ahogas tú? Es lo mismo. Y no puedes respirar porque has llenado el aire de dudas hasta intoxicarlo. Para eliminar a los fantasmas que un día frente al espejo creaste por aburrimiento, has envenenado el aire que respiras y has cerrado con llave las puertas.
Como dijo alguien una vez; los fantasmas existen en cuanto los tememos... y en cuanto los tocamos, se llaman enemigos.
Vosotros los temíais mucho antes de que yo os tocara. Pero ahora ya están claros los roles. Se perdieron las llaves de todas las puertas, de todas las casas, cada uno está en su lugar y nada va a cambiar por mucho que lo intentemos. Los fantasmas susurraron demasiado dentro.
Por eso no… no puedo, antes lo hubiera hecho… antes, sí, cuando éramos jóvenes y felices, y no nos importaba serlo, pero ahora… ahora todo es diferente
Un buen día te levantas y te das cuenta de lo que has perdido, de lo que eras, y de lo que eres. Te pones a mirar hacia tras, ¿qué fue lo que pasó? No lo entiendo muy bien, de pronto algo se rompe y ni siquiera lo habías tocado, será cosa de fantasmas… Pero es tan aburrido ser feliz, tenerlo todo... Poco a poco fuimos mirándonos en el espejo y creando nuevas vidas, nuevas figuras, pero esas tampoco servían, nos aburrían y comenzamos a crear fantasmas.
Los fantasmas son más entretenidos, nos hacen estar alerta, atentos a todo, despiertos! Nos sacan del letargo a empujones y cierran con llave la sala de almohadas donde habíamos dormido los últimos años. Vamos poniéndoles cara, voz, gestos e intención. Devolvemos en la vida lo que el espejo nos muestra; y damos a las realidades las respuestas a las preguntas que nos hicieron las fantasías. Hasta que poco a poco esas mismas realidades, se convierten en el divertimento hostil que nuestro reflejo creó una tarde de desidia. O visto de otro modo mucho más sencillo: nosotros mismos las convertimos en nuestros peores fantasmas, día a día y gesto a gesto.
Vamos cerrando la mente en torno a lo que queremos ver, oír y creer; y es entonces cuando dejamos de mirar, de escuchar y de confiar. Nos comportamos en consecuencia y finalmente conseguimos lo que queríamos: tener razón. Tener fantasmas de carne y hueso que se callan a nuestro paso, que hablan a tus espaldas, que saben más que lo que esperas, que callan más que lo que dicen, que hablan con los ojos cuando mienten con la boca.
Y tú no miras, no quieres verlos, sus ojos te gritan, te delatan y tú no los escuchas, te ahogan. ¿O te ahogas tú? Es lo mismo. Y no puedes respirar porque has llenado el aire de dudas hasta intoxicarlo. Para eliminar a los fantasmas que un día frente al espejo creaste por aburrimiento, has envenenado el aire que respiras y has cerrado con llave las puertas.
Como dijo alguien una vez; los fantasmas existen en cuanto los tememos... y en cuanto los tocamos, se llaman enemigos.
Vosotros los temíais mucho antes de que yo os tocara. Pero ahora ya están claros los roles. Se perdieron las llaves de todas las puertas, de todas las casas, cada uno está en su lugar y nada va a cambiar por mucho que lo intentemos. Los fantasmas susurraron demasiado dentro.
Por eso no… no puedo, antes lo hubiera hecho… antes, sí, cuando éramos jóvenes y felices, y no nos importaba serlo, pero ahora… ahora todo es diferente
No hay comentarios:
Publicar un comentario